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Una carta de amor muy lejana.

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Una carta de amor muy lejana.

Mensaje por Cameo el Vie Nov 27, 2015 4:02 pm

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Corría el año de 1861 cuando un joven emprendedor y aventurero  logró sonsacar a un consorcio de ricos comerciantes el suficiente dinero, ochenta mil francos en oro,  para realizar una proeza realmente arriesgada, traer capullos y huevos de gusanos de seda desde Japón con la intención de contar con producción propia del apreciado hilo con el que confeccionar telas que se pagarían muy bien.
Más en su viaje pasó algo más. No había visto nunca a esa muchacha, ni verdaderamente la vio nunca esa noche. En el cuarto sin luz sintió la belleza de su cuerpo y conoció sus manos y su boca. La amó durante horas, con gestos que no había hecho nunca, dejándose enseñar una lentitud que no conocía. En la oscuridad era fácil amarla sin mediar palabra. Poco antes del alba, la muchacha se levantó, se puso el kimono blanco y se marchó.

Desde ese día no existió en su vida prioridad más más intensa que encontrarla y saber de ella. Más su búsqueda fue en vano, solo supo de una palabra por un pañuelo bordado que se olvidó en su rauda huida,  le fue traducida por un aldeano como “Hara Kei”. Y eso fue todo, al final desistió y volvió a casa con su mercancía.

Con el tiempo se casó y formó una familia, más siempre vivió en la ensoñación persistente de una fugaz noche de amor en un país tan lejano. Y luego el silencio, y una vigilia nostálgica hasta las últimas luces del día.

La seda artificial sería patentada, en 1884, por un francés llamado Chardonnet. Ya  no había razón alguna para preocuparse de huevos de gusanos, hojas de morera, o tierras lejanas para abastecerse.  La última esperanza de regresar a Japón se desvaneció totalmente.

Madame Blanche regentaba un club de alterne de fama en una zona bien lujosa de París, y un buen día recibió una nota suya pues tenía algo que entregarle. Al acudir a la cita la dama, claramente de rasgos orientales le entregó una carta. Estaba claro que estaba escrito en simbología japonesa, más el no conoció nunca su escritura. La Madame leyó:

“-Mi señor amado, no tengas miedo, no te muevas, quédate en silencio, nadie nos verá. no abras los ojos si no puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así. sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego, despacio,   es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos tendrás mi piel.

Tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso.  tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyare mis labios allí y los abriré bajando poco a poco.

Dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo. Hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tu serás mío para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin mas seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran.

Tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz.

Mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mi, es dulce violencia, veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia temiéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y en este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin.

-No nos veremos más, señor.  Lo que era para nosotros, ya lo hemos hecho y tú lo sabes. Créeme: lo hemos hecho para siempre. Conserva tu vida al margen de mí. Y no dudes ni un segundo, si es útil para tu felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora te dice, sin remordimiento, adiós".


La carta estaba fechada unos meses después de su estancia en Japón, hacía muchos años. Pérdida en algún estante del correo de reparto sin que nadie adivinara ni de lejos a quien iba dirigida´. Las japonesas no abundaban en París, más por aquellas fechas todos sabían de una, Madame Blanche.
Más lo mejor vendrá en su desenlace final…

PD:Esta historia libremente interpretada y resumida, está basada en un relato de uno de mis escritores favoritos, y que en su segunda y final revelaré. Mas solo si os gusta la historia...


Última edición por Cameo el Dom Jul 09, 2017 8:56 pm, editado 6 veces
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Re: Una carta de amor muy lejana.

Mensaje por Cameo el Vie Nov 27, 2015 7:22 pm

Tres años después, Hélene, su esposa,  se enfermó de una fiebre cerebral que ningún médico pudo explicar ni curar. Murió a principios de marzo, un día que llovía. Para acompañarla, por la alameda del cementerio, vino todo el poblado porque era una mujer alegre, que no había diseminado dolor. Él hizo esculpir sobre su tumba una sola palabra. Hélas. Le dio las gracias a todos, dijo mil veces que no necesitaba nada y regresó a su casa. Nunca le había parecido tan grande: y nunca tan ilógico su destino. Como la desesperación era un exceso que no le pertenecía, se inclinó sobre cuanto había quedado de su  vida y volvió a preocuparse por todo con la indestructible tenacidad de un jardinero en el trabajo, la mañana después de la tormenta.

Tras varios meses de la muerte de Hélene se le ocurrió acercarse al cementerio y encontrar, al lado de las rosas que cada semana dejaba sobre la tumba de su mujer, una coronita de minúsculas flores azules. Y él conocía perfectamente quienes las usaban para conmemorar a sus difuntos. Vuelto a casa, no salió a trabajar, como era su costumbre, sino que permaneció en su estudio, pensando. No hizo otra cosa durante días. Pensar.

Al siguiente día fue a ver a Madame Blanche:
Él la miró a los ojos. Pero como hubiera podido hacerlo un niño.
-¿Usted escribió esa carta, no es verdad? Dijo. -Hélene le pidió escribirla y usted lo hizo.

Madame Blanche permaneció inmóvil, sin bajar la mirada, sin traicionar el mínimo estupor. Después, lo que dijo fue:

-No fui yo quien la escribió. Esa carta la escribió Hélene.-Ya la había escrito cuando vino a verme. Me pidió que la copiara en japonés. y yo lo hice. Es la verdad.
-Sabe, monsieur yo creo que ella hubiera deseado, más que ninguna otra cosa, ser esa mujer. Usted no lo puede entender. Pero yo la escuché leer esa carta. Sé que es así.


Él ya había llegado a la puerta. Apoyó la mano en la manija. Sin volverse, dijo quedo  
-Adiós, Madame.
No se vieron nunca más.

Cuando la soledad le apretaba el corazón, iba al cementerio a hablar con Hélene. El resto de su tiempo lo consumía en una liturgia de hábitos que conseguían defenderlo de la infelicidad. De vez en cuando, en los  días de viento, descendía hasta el lago y pasaba horas mirándolo, ya que, diseñado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida. FIN

Basado en la novela: Seda de Alessandro Baricco

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